Los domingos por la mañana en Trujillo, al norte del Perú, decenas de personas transitan por las calles. Algunos más cavernícolas que otros y unas mujeres totalmente hechas unas trogliditas, pues las fiestas, cargadas de alcohol, no terminan sino hasta que la luz del día se asome por las ventanas.
Entre esas muchas personas que caminaban por la calle se encontraba un verdadero Cromagnon. Este hombre, afeitado y con "taparrabos" elegantes, dignos de ser un hombre con caverna fina, se tambaleaba de un lado al otro y en algunos momentos parecía que se desplomaba sobre el piso. Estaba tan alcoholizado, que empezó a hablar solo insultado a los hombres que empuzajan sus ruedas junto a él. Lamentablemente, para su tristeza y desolación, nadie escuchaba los idiomas en que hablaba.
Las horas pasaban y el rostro de este hombre empezó a compunjirse de manera extraña. Su mirada buscaba con desesperación algo, mientras que su caminar era más rápido a cada instante. Las palabras llenas de ..era y ...ajo eran demasiadas y cada dos segundos recordaba a la madre de alguien, de forma no muy amable. Arrojó la cachiporra y saltaba, como el primate que era.
De repente sus ojos se iluminaron. Al final del camino se divisaba un enorme muro blanco donde nadie lo vería. Al llegar al lugar miró sigilosamente para que no haya testigos inoportunos y en menos de un segundo empezó a miccionar sobre ese muro, que protege a las protectoras de la religión. En el idioma de los homo sapienss trujillanos, a este espacio se lo conoce como "Convento de Santa Clara", pero que casualmente nadie respeta, pues a los pocos segundos más de mis amigos cavernícolas llegaron al lugar y empezaron a dejar salir sus fluidos, junto a este espacio, incluso cuando las mujeres salían del lugar.
El día avanzaba, pero la zona ya estaba marcada como animales que somos. Este espacio una horda entera de cromagnones la había hecho suya. Era una nueva propiedad olorosa.
Los cavernícolas vuelven cada fin de semana a este lugar en busca de su marca. La buscan y repiten el ejercicio, una y otra vez hasta el cansancio. La lección aprendida es nunca dejar que alguien gane tu espacio, y cuando tienes una necesidad sólo "Despáchate".
domingo, 17 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Con golpes en la cabeza
Entre cavernícolas enamorarse es sumamente sencillo. No hay complejos ni prejuicios, simplemente un golpe en la cabeza que antecede una relación larga y llena de hijos en una caverna adornada con dibujos en los muros. Sin embargo, ahora todo tiene que evaluarse con proyecciones y ver el estereotipo de hombre o mujer que andas buscando, y el sentimiento, que muchos llaman “el más puro del mundo” sólo se reduce a un concepto que se escuchaba en nuestros abuelos. Por todo eso, que viva el amor entre cavernícolas.
En más de una ocasión mis mejores amigos me llamaron cavernícola, por esas frases machistas y esas palabras de macho latino, pero creo que sobre todo es por la concepción en que veo el mundo. Vivimos en una selva donde hay microbuseros, carteristas, y a los pobres tontos nos queda defendernos. ¡Que linda, la ley del más fuerte!
Días de fiesta
Ella era increíble, una mezcla de seriedad e inocencia, que desde hace muchos años no había visto. La conocí un día y de la forma menos pensada, pero finalmente en menos de dos semanas me enamoré de ella. Quería tomar mi cachiporra y knokearla de un solo golpe, para luego llevarla hasta mi cueva para hacerla mi esposa, pero lejos de eso me arriesgue a decirle lo que sentía. Hubiera sido mil veces mejor, sólo golpearla en la cabeza.
Hacía tres meses que los grandes centros comerciales de Trujillo desplazaron a nuestros amados mercaditos de palos y ambulantes. Los productos eran más baratos, pero ahora todos podíamos dejar los trapos de marcha “chancho” y lucirte con chompa y pantalones de es marquita que no podemos acordarnos, porque parece entre alemana y americana.
En una de esas nuevas cafeterías fue nuestra primera cita. Ella aceptó mi invitación a tomarnos un cafecito, aunque su voz se notaba algo contrariada. Nos sentamos en una esquina ante la mirada de por lo menos 20 personas, pues creo que ella se aseguraba de que yo no la fuera a secuestrar, o mínimo, le intentara robar un beso.
Las horas se convirtieron en minutos, muy buenos por cierto, pero llegó el momento crucial. Tenía que animarme a decírselo, o callar y convertirme en el “hermanito” que es el nombre que las trogloditas femeninas asignan a sus amigos sin derecho a besos. No podía permitirlo y decidí lanzarme con mi infantería apuntando mis nervios en las palabras.
¿Quisiera saber si quieres ser mi novia?, le dije de una sola vez y sin titubeos. Oh Dios, quizás me equivoqué, pero esta mujer me encantaba con cada palabra y cada gesto, al punto que sentía que a mis 24 años podía enamorarme. Un maldito silencio acompañó a mi interrogante. Ella sorbió la última parte de café que le quedaba en el vasito de plástico y me miro sonriendo, dejando que viera su sentimiento de culpa, pero negación absoluta.
Luego que salimos un beso en la mejilla, que casi alcanzaba mi oreja, acompañó la despedida con un largo hasta mañana y “Llámame”. Nunca más supe de ella. La lección aprendida esta clara, la próxima vez que alguien me guste debo de agarrarla a “combazos”.
En más de una ocasión mis mejores amigos me llamaron cavernícola, por esas frases machistas y esas palabras de macho latino, pero creo que sobre todo es por la concepción en que veo el mundo. Vivimos en una selva donde hay microbuseros, carteristas, y a los pobres tontos nos queda defendernos. ¡Que linda, la ley del más fuerte!
Días de fiesta
Ella era increíble, una mezcla de seriedad e inocencia, que desde hace muchos años no había visto. La conocí un día y de la forma menos pensada, pero finalmente en menos de dos semanas me enamoré de ella. Quería tomar mi cachiporra y knokearla de un solo golpe, para luego llevarla hasta mi cueva para hacerla mi esposa, pero lejos de eso me arriesgue a decirle lo que sentía. Hubiera sido mil veces mejor, sólo golpearla en la cabeza.
Hacía tres meses que los grandes centros comerciales de Trujillo desplazaron a nuestros amados mercaditos de palos y ambulantes. Los productos eran más baratos, pero ahora todos podíamos dejar los trapos de marcha “chancho” y lucirte con chompa y pantalones de es marquita que no podemos acordarnos, porque parece entre alemana y americana.
En una de esas nuevas cafeterías fue nuestra primera cita. Ella aceptó mi invitación a tomarnos un cafecito, aunque su voz se notaba algo contrariada. Nos sentamos en una esquina ante la mirada de por lo menos 20 personas, pues creo que ella se aseguraba de que yo no la fuera a secuestrar, o mínimo, le intentara robar un beso.
Las horas se convirtieron en minutos, muy buenos por cierto, pero llegó el momento crucial. Tenía que animarme a decírselo, o callar y convertirme en el “hermanito” que es el nombre que las trogloditas femeninas asignan a sus amigos sin derecho a besos. No podía permitirlo y decidí lanzarme con mi infantería apuntando mis nervios en las palabras.
¿Quisiera saber si quieres ser mi novia?, le dije de una sola vez y sin titubeos. Oh Dios, quizás me equivoqué, pero esta mujer me encantaba con cada palabra y cada gesto, al punto que sentía que a mis 24 años podía enamorarme. Un maldito silencio acompañó a mi interrogante. Ella sorbió la última parte de café que le quedaba en el vasito de plástico y me miro sonriendo, dejando que viera su sentimiento de culpa, pero negación absoluta.
Luego que salimos un beso en la mejilla, que casi alcanzaba mi oreja, acompañó la despedida con un largo hasta mañana y “Llámame”. Nunca más supe de ella. La lección aprendida esta clara, la próxima vez que alguien me guste debo de agarrarla a “combazos”.
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